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viernes, 11 de diciembre de 2015

Lo que el fuego dejó.


Uno empieza a saber quién es cuando comienza a conocer a dónde pertenece, a reconocer los lugares, comunes o no, compartidos o no, que identifica como propios, como suyos. Donde la besaron por primera vez, donde creyó que no había felicidad más grande, donde le hicieron la declaración de amor más sincera para luego decirle definitivamente adiós con un portazo, pero también la fuente en la que bebió el agua más fresca, la cocina donde tomó el café más caliente, el árbol que le ofreció la mejor sombra aquel verano ... tantos sitios, tantos recuerdos.
Uno empieza a envejecer cuando le faltan las personas, pero también cuando le roban los lugares y las cosas que allí habitaban.
A mi la casa de mi tía, que digo de mi tía y no la mía que también ardió, me la arrebató el fuego, un viernes de agosto en el que, afortunadamente, no se movía ni una brizna de hierba porque si no el daño hubiera sido colectivo y no sólo familiar. Ahí empecé a morir un poco, sin embargo, con el tiempo me he dado cuenta de que se puede empezar a morir mucho antes cuando aún eres una niña, pero esa es otra historia.


"No volverá a ser, ni volveré a estar. El fuego arrasó todo. Todo menos los recuerdos. Recuerdos de otro tiempo. Otro tiempo que permanece para siempre. Las llamas no arrancaron de mi memoria aquel espacio en el que, por un momento, fuí una niña feliz. Sólo la muerte podrá definitivamente destruirlo".
                                                                                                                                           Bea la de Lola

La casa ocupaba un lugar de privilegio en el centro de la aldea. Orientada al Sur, algunos días sentarse al sol allí se hacia insoportable incluso bajo la sombrilla. Tenía una vista envidiable, a un puñado de km en línea recta, se erigía y se erige, testigo eterno e inmutable, Peña Rueda. Tenía todo para ser la mejor casa. Un corredor azul grande, muy grande, que unía dos viviendas que habían estado separadas y que ahora eran una porque pertenecían al mismo propietario y al que yo subía a buscarla a sabiendas de que nunca estaba allí sólo por el placer de mirar el horizonte.
Delante una pequeña antojana, aunque mis ojos de niña la recuerden mucho más grande de lo que realmente era. Allí, en aquella misma antojana durante un tiempo, había estado el corripu del gochu, cuando al gochu se le trataba como al miembro de la familia más valioso porque prometía el sustento del invierno para luego ajusticiarle a traición y cobrarse así la promesa hecha. También había estado el gallinero, pero de eso hacia tanto tiempo que apenas lo recuerdo.
Con el tiempo aquellos animales habían sido exiliados y sustituidos por plantas. Geranios y rosales principalmente, que crecían asilvestrados en tiestos que nunca fueron pensados para serlo: una pota vieja y un hervidor que pegaba la leche, un caldero sin asa y una jarra con un agujero. Todos aquellos cacharros inservibles habían encontrado un nuevo destino: albergar vida. Vida salvaje a la que nunca vi regar a pesar de la presencia de un regadera de color azul.
Dentro de aquel espacio y enfrente de la puerta principal de cuarterón también azul, había un banco bajo desde el que ella cumplía cada día idéntica liturgia, dejaba a su izquierda la bolsa de lona gruesa y verde con una foicina en su interior que siempre llevaba de bandolera fuera a donde fuese, se quitaba el pañuelo que dejaba al descubierto aquel pelo fino apenas teñido de hebras blancas incluso al final cercanos los noventa y se sentaba a quitarse los chanclos. Así, sentada de espaldas al mundo, y al volver de la tierra, suspiraba profundo desde lo más hondo y se despojaba de la mujer campesina que era para centrarse en lo que verdaderamente era importante: los suyos, su hogar, su vida.
Enfrente del banco, para acceder a la casa, había un único peldaño. Una trampa apenas perceptible con la que tropezar si era la primera vez que traspasabas aquel umbral, pero lo suficientemente alto para que a una adolescente, amiga de sentarme en cualquier sitio, se me durmiera por primera vez en brazos un bebé rubio de ojos azules. Después de aquel en mis brazos se durmieron otros muchos niños, pero ninguno mío y ninguno como aquella primera vez.
La puerta, que mientras en el pueblo hubo vecinos cerraba de resbalón y podía ser abierta por cualquiera que pasara por allí simplemente tirando de un cordel, tapaba sólo a medias una masera enorme en la que guardaba exquisitos manjares: un pan de escanda y un trozo de tortilla, la carne que había sobrado del cocido y unas lonchas de jamón, un poco de longaniza y siempre algo dulce. Siempre tenía algo dulce hecho por ella. Nos peleábamos por el bizcocho, la tarta de avellana o aquelles casadielles. Aunque éstas ascendieron de categoría cuando se decidió a meterlas en un bote grande que parecía de cristal labrado, pero era de plástico y que alternativamente era ocupado también con galletas de nata o magdalenas, de forma irregular y cada una irrepetibles. No aspiraba a un montón de galletas idénticas, las buenas eran todas diferentes.
Debajo de la masera, a la que ella había tapado las patas con una cortina sujeta con chinchetas, junto a algunas otras cosas más o menos útiles, se escondía uno de los tesoros más preciados de la casa: su cesta de costura. Allí en un pequeño costurero de mimbre, que cuando había que coser podías encontrarlo al lado de la ventana de la cocina, había mil y una cosas interesantes para la curiosidad de un niño con las que crear los más bonitos trajes: hilos de colores los justos y agujas de culo largo que le había descubierto mi madre cuando enhebrar se convirtió en una tarea complicada, una aguja de lana y unas gafas de pasta con la patilla pegada con cinta aislante, una cinta métrica amarilla, alfileres e imperdibles, botones y cremalleras, cerrapolleras y corchetes, dedales y algodón de hilvanar, un huevo de madera para repasar y unas tijeras mágicas. Ella tenía dos pares de tijeras, unas viejas que sólo cortaban lo que ella mandaba y unas nuevas de los 3 Claveles que conservaba sin tocar en su funda de plástico y que nunca supe porque las conservaba sin usar. Siempre comparé con asombro las diferencias entre el costurero de mi madre, modista de ciudad, y el de ella que cosía en el pueblo. Aún hoy, aparcada la costura desde el siglo pasado, pídele a mi madre cualquier color, el que sea, y entre la montaña de tubitos de colores intensos y brillantes te apuesto a que lo encuentras. Ella no, ella se movía únicamente con los colores básicos, fruto de un tiempo de escasez y austeridad y porque hacia tiempo que en casa Práxedes que había tenido tienda ya no se vendía ni un colín. La costura la ayudó a esquivar la miseria cuando la mina le robó al marido y le permitió coser, primero para todas las niñas de la zona y, más tarde, para las mozas en las que se habían convertido aquellas niñas. Doy fe que muchas de aquellas mujeres, hoy madres e incluso abuelas, todavía la recuerdan con cariño.
En el mismo hueco de la entrada salía una escalera de madera, ancha y bonita, fácil de subir hasta el punto que no tenía pasamanos y que llevaba al piso para desembocar en el desván. Allí sentada la vi por primera vez "mazar manteca en una bota" A pesar de no ser ni mi casa ni mi escalera conocí a la perfección cada peldaño de la misma, cuál crujía al pisarlo, cuál se hundía levemente con el peso, cuál tenía un listón un poco flojo, desde donde podías saltar sin temor a mancarte. En el descansillo en una especie de hornacina que hacia la pared descansaba todo el año en perpetua Navidad un Niño Jesús en su cunina, junto a una madreña pintada con colores chillones que alguien le trajo de recuerdo de algún sitio ¿quién puede regalar una madreña de mentira a un campesino que las usa habitualmente? una muñeca con un vestido amarillo hecho a ganchillo que nunca supe de dónde había salido y que me rechinaba especialmente en una casa en la que jamás vi juguetes, ni siquiera los de sus nietas y un armario que guardaba como pequeñas alhajas las piezas de porcelana que le habían tocado de la herencia de su madre.
Sólo recuerdo olores agradables. Manzanas y castañas asadas, tarta de avellanas y casadielles frites, pan recién hecho en aquel horno cuya panza sobrevivió milagrosamente al fuego y el cocido hecho despacio y sin prisa en la cocina de carbón mientras en la pequeña caldera hervía el agua. La ropa limpia recién planchada o la recogida del tendal recién doblada, el olor a leche hervida o recién ordeñada, los requemaos para el catarro y los floritos. Imágenes que pasan ante mi como fotogramas de una película en color que recuerdo en blanco y negro. Un interruptor de pera, la luz del amanecer colándose por las cortinas de las puertas de la sala que se abría al corredor, el nido que unas osadas golondrinas construyeron en medio de la sala sobre la mesa del comedor y que nadie se atrevió a quitar, el ruido de los ratones en el desván jugando al escondite entre las patatas cosechadas ese año, el viento entrando por el cristal roto de la ventana de la habitación, las partículas de polvo en suspensión pilladas in fragantis con la claridad de la mañana. Sensaciones que evocan emociones. Emociones que despiertan sentimientos. Era una casa hermosa llena de luz, la que aportaba la increíble mujer superviviente que la habitaba.
Mirando atrás, borrando las cosas que no gustaban tanto, sólo puedo afirmar lo corta que es la memoria de los niños y lo selectiva que es la de los adultos.





























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